De niño a mujer

Siempre me he considerado una niña, ahora soy una mujer.

Mis primeros sueños siempre eran los mismos: mediante diversos sistemas perdía el pene y me vestía con vestiditos como los de mi hermana. Eso sería cuando tenía entre tres y cinco años.

Al cumplir los doce me empezaron a crecer tímidamente los pechos, eso me provocaba grandes dosis de vergüenza, ya que se notaban demasiado aunque vistiera jerséis holgados. Tanto era así que incluso se lo comentó a uno de los curas del colegio al que iba. Eso sí de forma muy disimuladamente con lo que nunca llegué a conocer el parecer de dicho cura.

Lo cierto es que un día, tendría unos trece años, me desperté con unos deseos irrefrenables de vestirme con los vestidos de mi hermana, me puse unas braguitas y una combinación, entonces era prenda obligada, sólo con eso me sentí en la gloria, el suave tacto de la combinación sobre mi piel desató unas sensaciones jamás notadas hasta ese momento.

Fue entonces cuando me di cuenta que en realidad no era un hombre sino una mujer.

A partir de ahí, sólo buscaba quedarme solo en casa para poder vestirme y maquillarme con las ropas de mi hermana y de mi madre.

Finalmente, una noche decidí que debía salir a la calle como chica. Para eso esperé que todos en casa estuvieran durmiendo. Me levanté sigilosamente y busque entre la ropa pendiente de planchar todo lo necesario: braguitas, sujetador, combinación, una falda plisada y una blusa. También encontré unas medias de mi madre con liguero incluido. Acabé rellenando el sujetador con dos pares de calcetines que daban un suave tacto ligero como dos pechos verdaderos.

Me lo puse todo con un placer indescriptible. En el baño localicé la bolsa con todos los artilugios de maquillaje: primero me puse una capa de polvos a continuación delinee mis pestañas, por cierto muy largas y espesas, y me puse rímel. Finalmente, me pinté los labios de un color rojo bermellón que me hacían parecer más una puta que una señorita, pero eso me excitaba aun más.

Acabé de arreglarme poniéndome un pañuelo en la cabeza para ocultar mi pelo demasiado corto. Más tarde me lo dejaría crecer, pero eso ya lo explicaré más adelante.

Cuando eché una última mirada al espejo para ver el resultado, comprendí el error de la naturaleza al dotarme de pene y no de vagina. Parecía una chica incluso atractiva.

Estaba en racha, ya que en la entrada mi hermana había dejado unos zapatos de tacón que eran de mi talla, Como es natural no lo dudé ni un instante y me los calcé.

Al salir a la calle, me entró una especie de pánico mezclado con la emoción y excitación de sentirme mujer por primera vez.

Eché a andar buscando calles más bien solitarias, aunque a esa hora era poco probable encontrar a nadie. Debo añadir que vivía en una zona residencial y por tanto sin bares ni establecimientos típicos de noche.

No sé bien por donde fui, pero lo que sí recuerdo es que al cabo de un cuarto de hora de caminar al doblar una esquina vi un hombre de unos cincuenta años, tirando a gordito. El espanto que me produjo fue enorme, pues estaba segura de que había oído el ruido de mis tacones y si volvía atrás sería muy sospechoso.

Me armé de valor y seguí adelante decidida a hacer frente a cualquier eventualidad.

Al llegar a su altura, el hombre me preguntó que donde iba, que el lugar era muy solitario y podía ser peligroso para una jovencita como yo. Sí, dijo jovencita, le hubiera besado en ese momento por el placer que me produjo su comentario; era eso, una jovencita caminando por la calle desierta.

Como es natural no le besé y simplemente le dije en un tono lo más femenino posible, que no se preocupara y que vivía muy cerca de allí.

Volví a casa radiante y contenta del resultado de mi primera salida como mujer, sabiendo que se repetiría cada vez con más frecuencia hasta encontrar un hombre que me hiza realmente mujer.

Pero eso os lo contaré más adelante.

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